Consideraciones sobre la transmisión de la fe en el cambio de época (III)

25.10.2026

Capítulo II

La luz de la fe

24. A la luz de lo dicho hasta ahora, se comprende mejor el fundamento del cristianismo tal y como lo expresó Benedicto XVI: «No se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva»[6]. Un horizonte nuevo y una dirección decisiva son los de la alegría, como recuerda el Papa Francisco al comienzo de Evangelii gaudium: «La alegría del Evangelio llena el corazón y la vida entera de los que se encuentran con Jesús. Quienes se dejan salvar por Él son liberados del pecado, de la tristeza, del vacío interior, del aislamiento. Con Jesucristo siempre nace y renace la alegría»[7] .

25. Señor Jesús, que nos pone en contacto con la luz verdadera del amor divino, hace que no nos perdamos en las tinieblas y nos conduce a la vida. Es precisamente en este sentido en el que se puede hablar de la luz de la fe, tal y como se afirma en la homónima primera Carta encíclica del Papa Francisco, y en cuya redacción también había contribuido Benedicto XVI: «La luz de la fe: la tradición de la Iglesia ha indicado con esta expresión el gran don traído por Jesucristo, que en el Evangelio de san Juan se presenta con estas palabras: "Yo he venido al mundo como luz, y así, el que cree en mí no quedará en tinieblas" (Jn 12,46). También san Pablo se expresa en los mismos términos: «Pues el Dios que dijo: "Brille la luz del seno de las tinieblas", ha brillado en nuestros corazones» (2 Co 4,6). En el mundo pagano, hambriento de luz, se había desarrollado el culto al Sol, al Sol invictus, invocado a su salida. Pero, aunque renacía cada día, resultaba claro que no podía irradiar su luz sobre toda la existencia del hombre. Pues el sol no ilumina toda la realidad; sus rayos no pueden llegar hasta las sombras de la muerte, allí donde los ojos humanos se cierran a su luz. "No se ve que nadie estuviera dispuesto a morir por su fe en el sol", decía san Justino mártir. Conscientes del vasto horizonte que la fe les abría, los cristianos llamaron a Cristo el verdadero sol, "cuyos rayos dan la vida". A Marta, que llora la muerte de su hermano Lázaro, le dice Jesús: "¿No te he dicho que si crees verás la gloria de Dios?" (Jn 11,40). Quien cree ve; ve con una luz que ilumina todo el trayecto del camino, porque llega a nosotros desde Cristo resucitado, estrella de la mañana que no conoce ocaso»[8] .

26. La experiencia de la fe puede, así, imaginarse como el encuentro vital y decisivo con ese "sol verdadero" que es Cristo, quien libera de las tinieblas y llena de luz la existencia humana. Es una experiencia de luz que, por su propia naturaleza, se irradia hacia otras vidas para iluminarlas con la misma luz; estas, resplandeciendo a su vez, ampliarán el radio de propagación de la luz originaria: la verdadera luz del mundo, que es Cristo. ¿Cómo no recordar, a este respecto, las palabras del mismo Jesús dirigidas a sus discípulos: «Vosotros sois la luz del mundo» (Mt 5,14)?

27. Es precisamente a este dinamismo al que debemos referirnos cuando reflexionamos sobre el delicado tema de la transmisión de la fe en el contexto contemporáneo, al que aquí se evoca como un tiempo de cambio de época. Así lo confirma con extrema precisión el texto de la Lumen fidei: «Quien se ha abierto al amor de Dios, ha escuchado su voz y ha recibido su luz, no puede retener este don para sí. La fe, puesto que es escucha y visión, se transmite también como palabra y luz. El apóstol Pablo, hablando a los Corintios, usa precisamente estas dos imágenes. Por una parte dice: "Pero teniendo el mismo espíritu de fe, según lo que está escrito: Creí, por eso hablé,también nosotros creemos y por eso hablamos" (2 Co 4,13). La palabra recibida se convierte en respuesta, confesión y, de este modo, resuena para los otros, invitándolos a creer. Por otra parte, san Pablo se refiere también a la luz: "Reflejamos la gloria del Señor y nos vamos transformando en su imagen" (2 Co 3,18). Es una luz que se refleja de rostro en rostro, como Moisés reflejaba la gloria de Dios después de haber hablado con él: "[Dios] ha brillado en nuestros corazones, para que resplandezca el conocimiento de la gloria de Dios reflejada en el rostro de Cristo" (2 Co 4,6). La luz de Cristo brilla como en un espejo en el rostro de los cristianos, y así se difunde y llega hasta nosotros, de modo que también nosotros podamos participar en esta visión y reflejar a otros su luz, igual que en la liturgia pascual la luz del cirio enciende otras muchas velas. La fe se transmite, por así decirlo, por contacto, de persona a persona, como una llama enciende otra llama. Los cristianos, en su pobreza, plantan una semilla tan fecunda, que se convierte en un gran árbol que es capaz de llenar el mundo de frutos»[9].

28. El mismo documento, en el número siguiente, recuerda además que «la transmisión de la fe, que brilla para todos los hombres en todo lugar, pasa también por las coordenadas temporales, de generación en generación. Puesto que la fe nace de un encuentro que se produce en la historia e ilumina el camino a lo largo del tiempo, tiene necesidad de transmitirse a través de los siglos»[10]. Así pues, si por un lado la transmisión de la fe se asemeja al encendido de una llama a partir de otra llama, en un contacto que podríamos calificar de personal, por otro lado, la comunidad de los discípulos siempre se ha sentido llamada a crear ocasiones en las que la fe pudiera transmitirse; ocasiones en las que fuera posible para todos entrar en contacto con la verdadera luz de la vida, aquella que libera de toda oscuridad y que se encuentra en el Señor Jesús. Los discípulos sintieron, pues, el deber de transmitir la fe; un deber que debe ser custodiado y honrado de generación en generación.

29. La transmisión de la fe tiene su fundamento último en la iniciativa de Dios, que en Cristo reveló su rostro y confió a los apóstoles la tarea de anunciar el Evangelio a todos los pueblos. Esta misión, sin embargo, no concluyó con la predicación apostólica, sino que continúa en la historia a través de la Iglesia. El Concilio Vaticano II afirma, de hecho, que «la Iglesia, en su doctrina, en su vida y en su culto, perpetúa y transmite a todas las generaciones todo lo que ella es, todo lo que cree»[11]. La Iglesia es, así, el sujeto histórico y vivo en el que el Evangelio se escucha, se custodia, se celebra y se actualiza continuamente bajo la acción del Espíritu Santo. Por esta razón, la fe no se transmite, en primer lugar, como un conjunto de contenidos doctrinales o de información religiosa, sino como una forma de vida eclesial en la que el creyente se va introduciendo progresivamente. El sujeto principal de la transmisión de la fe es, por tanto, la Iglesia en su totalidad[12], la cual, al tiempo que recibe incesantemente el don de la Palabra divina, lo comunica y da testimonio de él mediante la predicación, la liturgia, la caridad y la experiencia concreta de la comunión. Se puede afirmar, pues, con razón que la Iglesia «es una Madre que nos enseña a hablar el lenguaje de la fe»[13].

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