Consideraciones sobre la transmisión de la fe en el cambio de época (IV)

Formas de transmisión de la fe
30. Conviene afirmar con claridad que la fuerza más auténtica de la misión evangelizadora de la comunidad de los discípulos del Señor sigue siendo siempre la de la atracción, como recordaba Benedicto XVI en la homilía de la Santa Misa de inauguración de la V Conferencia General del Episcopado Latinoamericano y del Caribe: «La misión de Cristo se realizóen el amor. Encendió en el mundo el fuego de la caridad de Dios (cf. Lc 12, 49). El Amor es el que da la vida; por eso la Iglesia es enviada a difundir en el mundo la caridad de Cristo, para que los hombres y los pueblos "tengan vida y la tengan en abundancia" (Jn 10, 10). […] La Iglesia se siente discípula y misionera de este Amor: misionera sólo en cuanto discípula, es decir, capaz de dejarse atraer siempre, con renovado asombro, por Dios que nos amó y nos ama primero (cf. 1 Jn 4, 10). La Iglesia no hace proselitismo. Crece mucho más por "atracción": como Cristo "atrae a todos a sí" con la fuerza de su amor, que culminó en el sacrificio de la cruz, así la Iglesia cumple su misión en la medida en que, asociada a Cristo, realiza su obra conformándose en espíritu y concretamente con la caridad de su Señor»[14]. Esta reflexión la ha hecho suya también el Papa León XIV: «Hoy, con alegría, la retomo y la comparto con ustedes. Y los invito a ustedes y a mí a prestar mucha atención a lo que elPapa Benedictoseñalaba como la "fuerza" que preside este movimiento de atracción: esa fuerza es la Charis, es el Ágape, es el Amor de Dios que se encarnó en Jesucristo y que en el Espíritu Santo se dona a la Iglesia y santifica todas sus acciones. En efecto, no es la Iglesia la que atrae, sino Cristo, y si un cristiano o una comunidad eclesial atrae, es porque a través de ese "canal" llega la savia vital de la caridad que brota del Corazón del Salvador»[15].
La familia
31. Entre los ámbitos en los que la Iglesia está llamada a comunicar y a hacer resplandecer la luz de Cristo, la familia constituye el primer y más esencial lugar de transmisión de la fe. Ya en el Nuevo Testamento se pone de manifiesto el papel de los familiares en la transmisión de la fe. A Timoteo, por ejemplo, el apóstol Pablo se dirige diciendo: «Evoco el recuerdo de tu fe sincera, la que arraigó primero en tu abuela Loide y en tu madre Eunice, y estoy seguro que también en ti» (2 Tim 1,5). Este aspecto también lo subrayó el Papa León XIV: «En la familia, la fe se transmite junto con la vida, de generación en generación: se comparte como el pan de la mesa y los afectos del corazón. Esto la convierte en un lugar privilegiado para encontrar a Jesús, que nos ama y siempre quiere nuestro bien»[16].
32. A lo largo de las décadas, además, con la formación y la consolidación de las comunidades cristianas, surge también su papel activo en la tarea de transmitir la fe. En particular, con la difusión de la práctica del bautismo de los niños, la comunidad y la familia se sienten unidas en la responsabilidad común de introducir a los más pequeños en el encuentro con el Señor Jesús. Se trata de la conciencia de que, si los niños reciben la vida de sus padres, en el bautismo obtienen «el sentido para vivirla: la fe. Cuando sabemos que un bien es esencial, enseguida lo buscamos para aquellos a quienes amamos. ¿Quién de nosotros, en efecto, dejaría a los recién nacidos sin ropa o sin alimento, esperando que de mayores elijan cómo vestirse y qué comer? […S]i el alimento y el vestido son necesarios para vivir, la fe es más que necesaria, porque con Dios la vida encuentra la salvación»[17] .
33. En cualquier caso, sigue existiendo la necesidad de una profunda integración entre la Iglesia y la familia, como recuerda claramente también la Lumen fidei: «la estructura del bautismo destaca la importancia de la sinergia entre la Iglesia y la familia en la transmisión de la fe. A los padres corresponde, según una sentencia de san Agustín, no sólo engendrar a los hijos, sino también llevarlos a Dios, para que sean regenerados como hijos de Dios por el bautismo y reciban el don de la fe. Junto a la vida, les dan así la orientación fundamental de la existencia y la seguridad de un futuro de bien, orientación que será ulteriormente corroborada en el sacramento de la confirmación con el sello del Espíritu Santo»[18]. A este respecto, resulta interesante el vínculo que se puede vislumbrar en la Iglesia latina entre la liturgia del encendido del cirio pascual, preludio de la gran celebración de la Pascua, centro y culmen de la fe cristiana, y la celebración del Bautismo, puerta de esa misma fe, sobre todo en la referencia a Cristo Luz, que debe ser acogido en la existencia de todo creyente.
34. En este contexto, cobra especial relevancia lo que el mismo documento magisterial afirma más adelante: «En la familia, la fe está presente en todas las etapas de la vida, comenzando por la infancia: los niños aprenden a fiarse del amor de sus padres. Por eso, es importante que los padres cultiven prácticas comunes de fe en la familia, que acompañen el crecimiento en la fe de los hijos. Sobre todo los jóvenes, que atraviesan una edad tan compleja, rica e importante para la fe, deben sentir la cercanía y la atención de la familia y de la comunidad eclesial en su camino de crecimiento en la fe»[19].
35. Por el jesuita Aimé Duval, en la que se puede divisar la obra silenciosa y casi natural del testimonio cristiano vivido por los padres frente a sus hijos. Escribe el padre Duval, en el contexto del relato de su turbulenta trayectoria humana y religiosa: «Era el quinto de una familia de nueve hijos. Por delante de mí: Lucie, Marie, Hélène, Marcel; y después de mí: René, Raymond, Suzanne y André. En esta familia, no aprendí la piedad de una manera efusiva ni extraordinaria. Solo había la oración diaria de la noche, rezada juntos. Pero de ella me recuerdo bien y la recordaré hasta que mis ojos se cierren definitivamente. Mi hermana. Mi hermana Hélène recitaba las oraciones, que eran largas para unos niños (un cuarto de hora). Se apresuraba, balbuceaba y se saltaba partes hasta que mi padre le decía en dialecto: "Vuelve a empezar… empieza de nuevo…". Así aprendí, en aquel momento, que era necesario hablar con el buen Dios con lentitud, seriedad y amable paciencia. Mi padre. Lo que hoy me emociona es el recuerdo de la actitud de mi padre. Él, que siempre estaba cansado por sus labores en el campo o por el transporte de los bueyes, él, que mostraba sin vergüenza que estaba cansado al volver del trabajo, he aquí que, después de cenar, se arrodillaba, con los codos apoyados en el asiento de una silla, la frente entre las manos, sin mirar en absoluto a sus hijos a su alrededor, sin moverse, sin toser, sin perder la paciencia. Y yo pensaba para mis adentros: "Mi padre, que es tan fuerte, que manda en la casa y sobre sus dos grandes bueyes, que se muestra orgulloso ante los reveses de la suerte y tan poco tímido ante el alcalde, los ricos y los malvados, he aquí que se hace tan pequeño ante el buen Dios. De verdad que hablar con Dios lo cambia. De verdad, el buen Dios debe de ser alguien muy grande si mi padre se arrodilla ante él, pero también alguien muy cercano si se le puede hablar con la ropa de trabajo…". Mi madre. En cuanto a mi madre, nunca la vi de rodillas. Demasiado cansada, se sentaba en medio de la habitación, con el benjamín en brazos, el vestido negro hasta los talones, su bonito pelo castaño suelto sobre el cuello y todos los niños a su alrededor, apoyados en ella. Seguía con los labios las oraciones de principio a fin, no quería perderse ni una pizca, las recitaba por su cuenta. Lo más curioso es que no dejaba de mirarnos fijamente, cada uno de nosotros estaba bajo su mirada. Una mirada más prolongada para los más pequeños. Nos miraba fijamente, pero no decía nada, ni siquiera cuando los más pequeños se retorcían y murmuraban, ni siquiera cuando el trueno estallaba sobre la casa, ni siquiera cuando el gato tiraba una olla. Y yo pensaba para mis adentros: "La verdad es que el buen Dios es muy amable si se puede hablar con él con un niño en brazos y llevando puesto el delantal de trabajo. De verdad, el buen Dios es alguien importante si el gato o el trueno ya no tienen ninguna importancia". Las manos de mi padre, los labios de mi madre, son estas cosas las que me han enseñado sobre el buen Dios más que el catecismo. Él es Alguien, es Alguien cercano. Con él se puede hablar incluso cuando has estado trabajando»[20].
36. Este conmovedor relato de una iniciación sencilla y alegre de los más pequeños al misterio de Dios, hecha posible gracias al testimonio de los padres, confirma plenamente la intuición a la que ha hecho referencia en repetidas ocasiones el Papa Francisco: la fe debe transmitirse, en el seno de la familia, "en dialecto". Con motivo de la fiesta del Bautismo del Señor, el 7 de enero de 2018, así se dirigía a los padres que habían llevado a sus hijos al bautismo: «Quisiera deciros solo una cosa, que se refiere a vosotros [padres]: la transmisión de la fe se puede hacer solo "en dialecto", en el dialecto de la familia, en el dialecto de papá y mamá, del abuelo, de la abuela.Después llegarán los catequistas para desarrollar esta primera transmisión con ideas, con explicaciones... Pero no os olvidéis de esto: se hace "en dialecto" y si falta el dialecto, si en casa no se habla entre los padres en la lengua del amor, la transmisión no es tan fácil, no se podrá hacer»[21]. Este punto también lo reafirmó el Papa León XIV: «Los primeros catequistas son nuestros padres, aquellos que hablaron con nosotros primero y nos enseñaron a hablar. Así como aprendimos nuestra lengua materna, del mismo modo el anuncio de la fe no puede delegarse a otros, sino que se realiza allí donde vivimos, principalmente en nuestras casas, alrededor de la mesa. Cuando hay una voz, un gesto, un rostro que lleva a Cristo, la familia experimenta la belleza del Evangelio»[22].
37. Así, hasta hace poco, la transmisión de la fe encontraba precisamente en el ámbito familiar el lugar principal para el relevo entre generaciones. Son sobre todo los padres quienes constituyen ese primer "tabernáculo" en el que los pequeños pueden vislumbrar toda la belleza y la fuerza de ser discípulos del Señor Jesús. Este testimonio se materializa en un entramado de gestos sencillos y cotidianos: la oración personal y en pareja, la lectura del Evangelio, el recuerdo de las palabras y los gestos de Jesús, la memoria de los santos patronos, la invocación constante de la protección maternal de la Virgen María, la participación en la misa dominical, la visita a los santuarios y las diversas formas de piedad popular, la atención a los más pobres y desfavorecidos, pero también a través de la oración de acción de gracias antes de las comidas y la bendición del Señor con motivo de los cumpleaños de alguno de los miembros de la familia, así como la devota preparación del belén con motivo de las fiestas navideñas.
38. Sin embargo, hay que constatar que esta situación favorable se está perdiendo progresivamente. De hecho, como se verá más adelante con mayor detalle, uno de los rasgos característicos de nuestra época es el hecho de que, aunque mantiene su importancia en algunas regiones de África y Asia, la transmisión de la fe en el ámbito familiar se ha interrumpido en muchas partes del mundo[23]. En consecuencia, la transmisión a las nuevas generaciones de la experiencia de la fe cristiana ya no se produce de manera, por así decirlo, "automática".
La comunidad eclesial
39. Solo en este punto, y en una segunda etapa, la comunidad eclesial entra en el proceso de transmisión de la fe. Lo que una persona ha recibido de sus padres —el testimonio creyente de Jesús, que reveló plenamente el rostro del amor infinito de Dios, liberando a los seres humanos de las tinieblas y abriéndolos a la verdadera luz de la vida— encuentra en la Iglesia los instrumentos y las ocasiones para que se convierta en el principio fundamental de su forma de ver el mundo. A través de la catequesis, la celebración de los sacramentos, los diversos espacios que favorecen una participación activa en la vida comunitaria —tal y como propone el actual camino sinodal—, el compromiso con los más desfavorecidos y el encuentro en la casa del Señor los domingos, se alcanza esa madurez de la fe que consiste, en última instancia, en mirar todo "con los ojos de Jesús".
40. De hecho, gracias a la acción coordinada entre los padres y la comunidad eclesial, cada uno aprende que en «la fe, Cristo no es sólo aquel en quien creemos, la manifestación máxima del amor de Dios, sino también aquel con quien nos unimos para poder creer. La fe no sólo mira a Jesús, sino que mira desde el punto de vista de Jesús, con sus ojos: es una participación en su modo de ver»[24]. Esta es la plena realización del proceso que aquí denominamos transmisión de la fe: permitir que cada uno alcance tal intimidad con el Señor Jesús que pueda, por fin, mirarse a sí mismo, a los demás, al mundo y al misterio de Dios con los mismos ojos de Jesús. Así se percibe que el acompañamiento de la comunidad es esencial no solo para acoger el Evangelio, sino también para permanecer fieles al don recibido, ya que es muy difícil perseverar en soledad.
41. Hay que constatar asimismo que, en los países de antigua tradición cristiana, este contexto de transmisión de la fe parece hoy comprometido, ya que se caracteriza cada vez más por la presencia de «"personas bautizadas que no viven las exigencias del Bautismo", no tienen una pertenencia cordial a la Iglesia y ya no experimentan el consuelo de la fe. La Iglesia, como madre siempre atenta, se empeña para que vivan una conversión que les devuelva la alegría de la fe y el deseo de comprometerse con el Evangelio»[25]. Además, crece, sobre todo entre los jóvenes, el número de quienes no conocen a Jesús ni el Evangelio.
42. Precisamente por esta razón, la transmisión de la fe exige hoy, de manera especial, la evangelización de los adultos y que se supere una acción pastoral centrada únicamente en la catequesis de los niños y adolescentes.
[14] Benedicto XVI, Homilía en la Santa Misa de inauguración de la V Conferencia General del Episcopado Latinoamericano y del Caribe (13 mayo 2007): Insegnamenti III, 1 (2007), 848-849.
[15] León XIV, Discurso con motivo del Consistorio Extraordinario (7 enero 2026): L'Osservatore Romano, 8 enero 2026, 2.[16] Id., Homilía con motivo del Jubileo de las Familias, los Niños, los Abuelos y los Mayores (1 de junio de 2025): L'Osservatore Romano, 2 de junio de 2025, 2.
[17] Id., Homilía en la fiesta del Bautismo del Señor (11 enero 2026): L'Osservatore Romano, 12 enero 2026, 4.
[18] Francisco, Carta enc. Lumen fidei (29 junio 2013), 43: AAS 105 (2013), 584.
[19] Ibíd., 53: AAS 105 (2013), 591.
[20] Testimonio del P. Duval disponible en la página web https://pierre.aime.duval.free.fr/priere.htm (original en francés, traducción a cargo del Dicasterio).
[21] Francisco, Homilía con motivo de la fiesta del Bautismo del Señor y la celebración del bautismo de algunos niños (7 enero 2018): L'Osservatore Romano, 8-9 enero 2018, 8.
[22] León XIV, Homilía con motivo del Jubileo de los Catequistas (28 septiembre 2025): L'Osservatore Romano, 28 septiembre 2025, 2.
[23] Cf. Francisco, Exhort. ap. Evangelii gaudium (24 noviembre 2013), 70: AAS 105 (2013), 1049-1050.
[24] Id., Carta enc. Lumen fidei (29 junio 2013), 18: AAS 105 (2013), 565.
[25] Francisco, Exhort. ap. Evangelii gaudium (24 noviembre 2013), 14: AAS 105 (2013), 1025, que cita a Benedicto XVI, Homilía en la Santa Misa de conclusión de la XIIIAsamblea General Ordinaria del Sínodo de Obispos (28 octubre 2012), AAS 104 (2012), 890. Énfasis en el original.
