Consideraciones sobre la transmisión de la fe en el cambio de época (VI)

La crisis de la transmisión de la fe
47. Un aspecto característico del cambio de época que afecta, por diferentes motivos, sobre todo a Occidente —es decir, a aquellos países en los que la fe cristiana ha tenido también una relevancia sociológica mayoritaria— se refiere a la crisis de la transmisión generacional de la fe cristiana. Esto es lo que ya había señalado Evangelii gaudium: «Tampoco podemos ignorar que en las últimas décadas se ha producido una ruptura en la transmisión generacional de la fe cristiana en el pueblo católico. Es innegable que muchos se sienten desencantados y dejan de identificarse con la tradición católica, que son más los padres que no bautizan a sus hijos y no les enseñan a rezar, y que hay un cierto éxodo hacia otras comunidades de fe»[32].
48. Esto tiene mucho que ver, sobre todo en Europa, Estados Unidos de América y Canadá, pero también en Australia y Nueva Zelanda, con una fase avanzada de secularización, que ha provocado una crisis relevante del cristianismo vivido en el ámbito doméstico. En realidad, cada vez son menos los padres que cumplen con la tarea de poner a sus hijos en contacto con la luz viva del mensaje evangélico. Es precisamente de estos contextos familiares de donde procede la mayoría de los jóvenes, hombres y mujeres, que, a pesar de haber frecuentado los ambientes católicos de la parroquia, acaban viviendo la transición a la edad adulta con una actitud de indiferencia religiosa sustancial. Para estas personas que, a pesar de haber recibido el bautismo, han perdido el sentido cristiano de la vida, Jesús, su mensaje de amor, esa luz que vino a irradiar en la historia humana, ya no representa ni un elemento esencial de su propia identidad ni un recurso fiable para discernir lo que es justo hacer con vistas a una vida humanamente digna.
49. Sin embargo, esto no afecta únicamente al llamado Occidente avanzado. En Europa del Este, por ejemplo, que ha sufrido la grave prueba de los regímenes totalitarios comunistas y la consiguiente instauración de una sociedad basada en el ateísmo de Estado —cuyos efectos, no obstante, no han sido los mismos en todas partes—fue la generación de los actuales padres la que sufrió la interrupción de la transmisión de la fe. Así lo atestiguan, en particular, los obispos de los territorios de la antigua Unión Soviética, quienes han podido constatar «que la fe había pasado de las abuelas […] a los nietos, pero sin la implicación directa de la generación intermedia. Como consecuencia de ello, la generación de los "nietos" no ha encontrado en sus padres una fe vivida en la experiencia cotidiana»[33]. Los obispos de Albania también ofrecen testimonios similares[34]. Por ello, concluyen los obispos de la Iglesia greco-católica de Hungría, «ya no podemos dar por sentado que los padres transmitan automáticamente la fe a sus hijos. Lo que en el pasado resultaba eficaz, en la situación actual ya no produce los mismos frutos»[35].
50. Esta ruptura en la transmisión de la fe en la familia también se observa en América Latina y el Caribe, donde se manifiesta sobre todo como una interrupción de la continuidad orgánica entre la familia y la sociedad. De hecho, como señalan los obispos de Chile: «Durante décadas se dio por descontado que existía una cierta continuidad entre familia, escuela, cultura y comunidad eclesial. En ese marco, la fe podía ser descrita como algo que se transmitía relativamente de manera orgánica de una generación a otra»[36]. A este respecto, los obispos de las Antillas observan un debilitamiento de la continuidad generacional[37], sobre todo en lo que se refiere a la catequesis y la práctica sacramental. En otro contexto, como el de Panamá, donde la fe sigue estando muy presente en las manifestaciones populares y en los momentos importantes de la vida, se percibe que la fe «ya no se transmite de manera natural dentro de las familias»[38]. En Colombia, como en otros lugares del planeta, son los abuelos quienes suplen las carencias de la catequesis doméstica, en paralelo a la parroquial[39]; en otras zonas, en cambio, por motivos relacionados con la cultura local, se llega incluso a posponer el bautismo de los hijos hasta una edad más adulta, como ocurre en la Amazonía peruana[40]. En definitiva, todos estos testimonios muestran que ha dejado de existir una especie de "automatismo" en la transmisión de la fe.
51. Un problema similar afecta también a la mayoría de las Iglesias de Asia, sobre todo en las regiones más avanzadas tecnológicamente. En estos casos, sin embargo, se trata de un cristianismo que siempre ha sido minoritario a nivel social y que solo recientemente está experimentando algunas dificultades en la transmisión familiar de la fe. En Corea, por ejemplo, los obispos observan que, debido a la preocupación de los padres, sobre todo por la carrera académica y profesional de sus hijos, la tarea de la catequesis de los más jóvenes recae principalmente en los abuelos[41]. También los obispos de Malasia, Singapur y Brunei denuncian que se da prioridad a las exigencias de la carrera profesional, mientras que la formación espiritual se reduce progresivamente al uso personal de los medios de comunicación modernos[42]. En Bangladés se observa una situación análoga, agravada aún más por un contexto social de mayoría musulmana[43]. En Japón, en cambio, se encuentran dificultades en ciertos aspectos similares a las del mundo occidental, sobre todo en lo que se refiere a la catequesis parroquial y a la gran difusión de los matrimonios entre miembros de tradiciones religiosas diferentes que, de alguna manera, obstaculizan la transmisión de la fe en el ámbito doméstico[44]. Esto también ocurre en los países de Asia Central, que en su día formaron parte del bloque soviético, en los que la Iglesia sigue siendo, no obstante, una realidad minoritaria y vive condiciones análogas a las de las comunidades de Europa del Este, donde durante varias décadas sobrevivió, bajo regímenes totalitarios, una «Iglesia del silencio»[45].
52. A pesar de la gran variedad de contextos, ni siquiera África está exenta de dinámicas que interrumpen la transmisión generacional de la fe. En primer lugar, esto se debe a una cierta secularización de las costumbres provocada por la influencia de un estilo de vida occidental, que han hecho suyo sobre todo las generaciones más jóvenes. Sin embargo, existen también otros factores, relacionados principalmente con la relación con las culturas locales. En particular, se observa que una labor de inculturación del Evangelio que no se ha llevado a cabo plenamente, a pesar de las manifestaciones públicas de la religión aún muy extendidas en la vida social, conduce a una fe superficial, desprovista de raíces y más expuesta a influencias externas. Así lo atestiguan, por ejemplo, los obispos del África del Sur: «a pesar de que el cristianismo está ampliamente difundido, a menudo se queda en un nivel superficial, por lo que necesita una encarnación más profunda del Evangelio en la espiritualidad africana»[46]. Por lo tanto, uno de los principales retos para la transmisión de la fe, que caracteriza de manera transversal al continente africano, se refiere a la creciente competencia, cada vez más agresiva, ejercida por movimientos religiosos de diversa procedencia y el retorno a las prácticas religiosas tradicionales incluso después de haber recibido el bautismo[47].
53. Sin entrar en la complejidad de las causas que han dado lugar a tales transformaciones, es dentro de este contexto de verdadera reescritura de las condiciones fundamentales de la existencia humana donde debe colocarse la crisis de la transmisión generacional de la fe y el reto que esta representa para la Iglesia. En el pasado, dichas condiciones se interpretaban sobre todo desde la perspectiva del cristianismo, tanto en la sociedad en su conjunto como en el seno de las comunidades particulares. En términos más generales, hay que reconocer que no solo está en crisis la transmisión de la fe, sino también una determinada visión del ser humano y de sus valores fundacionales y fundamentales, que había encontrado precisamente en el Evangelio su plenitud. La crisis de la modernidad, símbolo del cambio de época, ha contribuido así al nacimiento de una nueva cultura, que ha entrado en competencia con las estructuras tradicionales de transmisión de la fe. Esto ha llevado, a su vez, a la crisis del llamado modelo de cristiandad, acompañada de la percepción generalizada, en diversas partes del mundo, de que la tarea de los sacerdotes se limita a menudo al "mantenimiento" de las estructuras existentes, mientras que el mundo que les rodea ha cambiado radicalmente.
