CRISTO RESUCITADO INAUGURA UNA VIDA NUEVA

05.04.2026

En la Vigilia Pascual celebramos la luz de Cristo Resucitado, la Palabra que da vida, la renovación de las promesas del Bautismo y la Liturgia Eucarística. La noche santa nos convocó para cantar la victoria de Cristo sobre el odio, la violencia y la muerte. ¡Cristo ha resucitado! Alegrémonos y gocemos y demos gracias. ¡Alleluya!

En la Vigilia Pascual, Mons. Martín invitó a contemplar el recorrido de toda la historia de la salvación proclamada en la liturgia, desde la creación hasta la nueva creación inaugurada por la resurrección de Jesucristo. La Pascua —señaló— no es solo un acontecimiento del pasado, sino la certeza de que la vida vence a la muerte y el bien tiene la última palabra sobre el mal. 

Finalmente, recordó que quienes experimentan la presencia de Cristo se convierten en testigos de su amor. En este contexto, la renovación de las promesas bautismales en la Vigilia Pascual expresa precisamente esa vida nueva recibida en el bautismo: morir con Cristo para resucitar con Él y caminar como hombres y mujeres renovados por su gracia. 

PREGÓN PASCUAL (EXSULTET)

Exulten por fin los coros de los ángeles,
exulten las jerarquías del cielo,
y por la victoria de Rey tan poderoso
que las trompetas anuncien la salvación.

Goce también la tierra, inundada de tanta claridad,
y que, radiante con el fulgor del Rey eterno,
se sienta libre de la tiniebla
que cubría el orbe entero.

Alégrese también nuestra madre la Iglesia,
revestida de luz tan brillante;
resuene este templo con las aclamaciones del pueblo.

Por eso, queridos hermanos,
que asistís a la admirable claridad de esta luz santa,
invocad conmigo la misericordia de Dios omnipotente,
para que aquel que, sin mérito mío,
me agregó al número de sus ministros,
infundiendo el resplandor de su luz,
me ayude a cantar las alabanzas de este cirio.

V. El Señor esté con ustedes.
R. Y con tu espíritu.
V. Levantemos el corazón.
R. Lo tenemos levantado hacia el Señor.
V. Demos gracias al Señor, nuestro Dios.
R. Es justo y necesario.

En verdad es justo y necesario
aclamar con nuestras voces
y con todo el afecto del corazón
al Dios invisible, Padre todopoderoso,
y a su único Hijo, nuestro Señor Jesucristo.

Porque Él pagó por nosotros al eterno Padre
la deuda de Adán
y, derramando su sangre,
canceló el recibo del antiguo pecado.

Porque estas son las fiestas de Pascua
en las que se inmola el verdadero Cordero,
cuya sangre consagra las puertas de los fieles.

Esta es la noche
en que sacaste de Egipto
a los hijos de Israel, nuestros padres,
y los hiciste pasar a pie el mar Rojo.

Esta es la noche
que disipó las tinieblas de los pecados
con el resplandor de una columna de fuego.

Esta es la noche
que hoy, en toda la tierra,
libera a los que creen en Cristo
de los vicios del mundo
y de la oscuridad del pecado,
los restituye a la gracia
y los agrega a los santos.

Esta es la noche
en que Cristo, rompiendo las ataduras de la muerte,
se levanta victorioso del abismo.

¿De qué nos serviría haber nacido
si no hubiéramos sido redimidos?

¡Qué asombroso beneficio de tu amor por nosotros!
¡Qué incomparable ternura y caridad!
Para rescatar al esclavo
entregaste al Hijo.

¡Necesario fue el pecado de Adán,
que ha sido borrado por la muerte de Cristo!
¡Feliz la culpa
que mereció tan grande Redentor!

¡Qué noche tan dichosa,
la única que mereció conocer
el tiempo y la hora
en que Cristo resucitó del abismo!

Esta es la noche
de la que estaba escrito:
"La noche será clara como el día,
la noche iluminada por mi gozo".

Y así, esta noche santa
ahuyenta los pecados,
lava las culpas,
devuelve la inocencia a los caídos,
la alegría a los tristes;
expulsa el odio,
trae la concordia
y doblega a los poderosos.

En esta noche de gracia, Padre santo,
acepta el sacrificio vespertino de esta alabanza
que la santa Iglesia te ofrece
por medio de sus ministros
en la solemne ofrenda de este cirio,
hecho con cera de abejas.

Sabemos ya lo que anuncia esta columna de fuego,
ardiendo en llama viva para la gloria de Dios.
Y aunque distribuye su luz,
no mengua al repartirla,
porque se alimenta de la cera
que elaboraron las abejas
para hacer esta preciosa lámpara.

¡Qué noche tan dichosa,
en que se une el cielo con la tierra,
lo humano con lo divino!

Te rogamos, Señor,
que este cirio consagrado a tu nombre
arda sin apagarse
para destruir la oscuridad de esta noche.

Y, aceptado como perfume agradable,
se asocie a las lumbreras del cielo.

Que el lucero matinal lo encuentre ardiendo,
ese lucero que no conoce ocaso:
Jesucristo, tu Hijo,
que, resucitado de entre los muertos,
brilla sereno para el linaje humano
y vive y reina por los siglos de los siglos.

Amén.

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