EL OBISPO: "SOLO QUIEN SE SABE AMADO PUEDE AMAR"

En la misa del XVII Domingo del Tiempo Ordinario, celebrada en la Catedral, Mons. Alfonso invitó a los presentes a preguntarse qué le pedirían a Dios si Él mismo les dijera: «Pídeme lo que quieras». A partir de la figura del rey Salomón, destacó que el joven monarca no pidió riquezas, poder ni una larga vida, sino un corazón capaz de discernir entre el bien y el mal. Esa actitud, señaló el Obispo, sigue siendo un ejemplo para los cristianos de hoy, llamados a pedir en la oración la gracia de reconocer la voluntad de Dios y de tomar decisiones según el Evangelio.
Al reflexionar sobre las parábolas del tesoro escondido y de la perla de gran valor, Mons. Alfonso explicó que el verdadero tesoro es Cristo. Encontrarlo cambia la escala de valores y permite comprender que las renuncias propias de la vida cristiana no son una pérdida, sino la consecuencia de haber descubierto un bien mucho mayor. Poner al Señor en el centro de la vida da sentido a todo lo demás y orienta el camino del discípulo.
El Obispo compartió también una interpretación de la parábola de la perla preciosa que ayuda a contemplar el amor de Dios desde otra perspectiva. En lugar de identificar al comerciante con el creyente, propuso reconocer en él a Cristo, que sale al encuentro de cada persona. La perla de gran valor somos nosotros, por quienes el Señor entregó lo más valioso que tenía: la vida de su Hijo. Ese amor revela la inmensa dignidad de cada ser humano y recuerda que la iniciativa siempre parte de Dios.
A partir de esta certeza, Mons. Alfonso afirmó que la vida cristiana comienza por descubrirse amado. Solo quien experimenta el amor de Dios puede responder con un amor auténtico. Recordando una expresión del papa Francisco, señaló que Dios siempre "nos primerea": nos ama primero y hace posible nuestra respuesta.
Finalmente, al comentar la segunda lectura, invitó a confiar en las palabras de san Pablo: «Dios dispone todas las cosas para el bien de los que lo aman». Aunque muchas situaciones resulten difíciles de comprender, la fe permite descubrir que el Señor conduce la historia con sabiduría y nunca abandona a sus hijos.
Concluyó animando a que cada Eucaristía renueve el deseo de tener un corazón como el de Salomón, capaz de discernir el bien, reconocer a Cristo como el verdadero tesoro y vivir con la alegría de saberse profundamente amado por Dios.
