«Es de Dios, y si es de Dios, es para mí»

31.05.2026

La vida del P. Alfonso Bauer, el "espíritu de familia" que lo enamoró del carisma salesiano y los desafíos antes de ser ordenado obispo

Fabián Caffa

Redacción BS

Alfonso Bauer abre el portón del Noviciado Salesiano del Cono Sur y recibe al equipo del BS. Se lo ve tranquilo, sereno, con mate en mano. Al día siguiente dejará la casa donde se formó como salesiano —y donde, en el último tiempo, fue maestro de novicios— para mudarse a la curia de Florida, donde comenzará otra etapa.

Bauer, de 57 años, sacerdote desde 1996 y exinspector salesiano en Uruguay, será ordenado obispo el domingo 31 de mayo y tomará posesión de la Diócesis de Florida para la que fue nombrado por el papa León XIV.

"Monseñor es un título, un servicio. Trato de que esto no me maree, sino que me ubique en el rol de servidor", dice, sentado en el patio del noviciado, delante de la escultura de bronce de Don Bosco junto a dos jóvenes.

¿Cómo recibiste la noticia de tu nombramiento como nuevo obispo de Florida?

Me llamó un domingo de mañana el nuncio apostólico (Gianfranco Gallone), porque quería conversar conmigo para darme una noticia. Sabiendo que estaba la posibilidad de ser obispo de Florida, ya me la vi venir. Conversé con él y, efectivamente, me dijo que el papa había pensado en mí. Le pedí un tiempo para discernir, para rezar, para hablar con el director espiritual y ver si esta propuesta también era voluntad de Dios.

Lo primero que pensé fue: "Es de Dios, y si es de Dios, es para mí".

¿Cuáles fueron las reacciones de tu círculo más cercano?

De mi familia de origen —mis cinco hermanas, mi hermano y mi mamá— recibieron esta propuesta con mucha alegría. Mi familia me ha acompañado siempre en todo mi proceso vocacional y es muy cercana a todo lo que vivo.

Y desde la familia salesiana recibí muchos saludos y felicitaciones. Me sentí muy acompañado. En primer lugar, por el padre inspector, Pancho Lezama, que me dijo: "discerní con libertad, nosotros te vamos a acompañar". Luego tuve una llamada que fue muy motivadora e interesante: el rector mayor, Fabio Attard, se comunicó para decirme que estaba conmigo, que me acompañaba, que estemos disponibles para servir a la Iglesia y que la Casa General en Roma también era mi casa. 

¿Qué sentís al dejar la congregación?

Estos días pensaba: a los cinco años entré a Maturana y, desde allí, no me aparté más de la vida salesiana. A los 15 entré al aspirantado y, hasta hoy, viví siempre en comunidad. Ese será un desafío que tendré que aprender, como tantas cosas en la vida. Los cambios exigen adaptaciones. Tendré que aprender a ser obispo, desde lo que soy y lo que aprendí y adquirí, y desde ahí servir a la Iglesia en este nuevo servicio.

¿Qué te cautivó del carisma salesiano?

En primer lugar, el espíritu de familia. Iba al colegio en la mañana, almorzaba y casi todas las tardes iba al patio libre a jugar al fútbol. De adolescente iba a juntarme a tomar mate con los compañeros y con el cura catequista, que en aquel tiempo era Mateo Méndez. Después, lo que me definió fue una misión vocacional donde pude experimentar los tres rasgos de la vida consagrada salesiana: la vida orante, la fraternidad y la misión. Yo nunca había hecho mucho por nadie [risas] y experimentar que te larguen a dar una catequesis, animar un juego o un fogón hace que uno sienta que puede dar y puede darse. Al tiempo me llegó una invitación con un folletito: "Los muchachos te necesitan". Al principio no le di importancia, pero esa pregunta siempre quedó picando en mi corazón.

¿Qué mensaje quisieras dejarle a la familia salesiana?

Nuestra identidad, en parte, dice que somos en la Iglesia signos y portadores del amor de Dios para los jóvenes. Subrayo esto: ser en la Iglesia signos y portadores. O sea, el carisma salesiano es parte de la Iglesia para hacerse presente, enriquecerla y acompañar a los jóvenes. Esto es importante: el carisma está en la Iglesia. Ahora, al servir a la Iglesia toda, se amplían un poco los horizontes, pero valorando también el aporte de cada carisma. Lo que les diría es que sigan siendo fieles al proyecto que Don Bosco nos dejó.

¿Qué conocés sobre la diócesis de Florida?

En primer lugar, hay una cercanía afectiva con Florida porque mi mamá es de ahí. Mis padres se casaron en la Catedral del departamento. En la niñez recuerdo ir mucho a la casa de mis abuelos y mis tíos maternos. Allí aprendí a andar en bicicleta, a jugar, y conocí la parroquia San José. Mi padre tenía campo entre El Talita y Palermo. Luego, más tarde, en esa diócesis me tocó mi primer servicio como salesiano: seis años en [el Instituto] Paiva, primero tres años como encargado pastoral y otros tres como director. Fui muy joven, con 28 años, recién ordenado. Por estar en el Paiva, recorrí muchos parajes del interior y me acerqué a tantos hogares rurales para visitar a los chicos que querían ingresar.

También hay muchas otras realidades que no conozco y a las que tendré que acercarme. Una de las cosas que quiero hacer es "trillar" la diócesis: estar cerca de las comunidades, de los curas, de los laicos que llevan adelante la misión de hacer presente a Cristo en la Iglesia y con la gente. Creo que el servicio de obispo, de pastor, no es aislado. Me imagino junto con los religiosos, religiosas, laicos y sacerdotes brindando este servicio y haciendo presente a Cristo en medio de las realidades cotidianas.

Tu lema episcopal es "Ve y haz tú lo mismo", ¿por qué lo elegiste?

Es el final de la parábola del buen samaritano, cuando el doctor de la ley le pregunta a Jesús qué es lo que debe hacer y él responde: "Amarás a Dios por sobre todas las cosas y al prójimo como a ti mismo". Y el doctor de la ley pregunta: "¿Quién es mi prójimo?", y allí entra la parábola del buen samaritano, que termina con esta frase. Es un llamado a poner en práctica el mandamiento del amor. Es un desafío, porque no es fácil. Implica salir de sí, donarse, arremangarse. Pero es algo que quiero que guíe mi vida. Y, por otro lado, porque experimento que Jesús fue mi buen samaritano, aquel que me curó, que me sanó, que me dio ese amor, ese perdón, ese acompañamiento. Siento que él me invita a hacer lo mismo con los demás.

En el BS de diciembre de 2023 contabas que el día que asumiste como inspector de los salesianos en Uruguay, escribiste en un cuaderno que querías vivir ese servicio como "un camino de vida espiritual". Ahora, frente a este nuevo desafío, ¿te pasa algo similar?

Creo que el camino de la vida consagrada, del sacerdocio y ahora de obispo siempre es una respuesta de fe. Y quiero vivirlo desde allí. Si bien a veces, a nivel social o cultural, te llegan las valoraciones o felicitaciones, yo quiero mirarlo como Jesús servidor. No como una promoción, sino como esa exigencia de que Jesús se abaja y se pone a servir. De lavarle los pies a los discípulos, de entregarle al que quiera ser el primero que sea el último, que sea el servidor de todos. Ese es el desafío y yo lo quiero vivir desde allí: desde el encuentro con Jesús, que me llama a amar y a servir a mis hermanos y, en este caso en concreto, a la diócesis y a la gente de Florida y Durazno.

¿Qué tipo de pastor te gustaría ser?

Creo que uno tiene que ser fiel a sí mismo y tratar de vivir este desafío y esta misión que el Señor me propone desde lo que soy. Claro que iré aprendiendo. Pero creo que, desde la cercanía, desde el estar con el otro, desde formar comunidad, sentir que todos aquí tienen un lugar. Desde esta Iglesia sinodal, que el papa Francisco nos ha invitado a transitar, que caminemos juntos. Entonces, desde allí, hacer presente la buena nueva del Señor. Que podamos también acompañar la realidad de los jóvenes y tanta gente que está sin sentido o con un vacío interior, y poder transmitirles que el Señor tiene una buena noticia para darles. Que no es simplemente una buena noticia dicha, sino que es su presencia, su misma vida, que nos quiere acompañar, dar sentido, levantarnos y estar de nuestro lado, para que podamos sentirnos amados por él.

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