MONS. MARTÍN: "LA IGLESIA ESTÁ LLAMADA A SER UNA COMUNIDAD VIVA, ABIERTA Y ACOGEDORA"

En el segundo Domingo de Pascua, fiesta de la Divina Misericordia, Mons. Martín presidió la celebración en la Catedral ante delegaciones provenientes de distintas comunidades de la diócesis, en una jornada festiva organizada tradicionalmente por la Familia de María. En su homilía invitó a la comunidad cristiana a vivir la Pascua como una experiencia de vida nueva que abre el corazón para acoger a otros.
El obispo recordó que toda la historia de la salvación conduce a la resurrección de Jesucristo, acontecimiento que inaugura una nueva creación. Desde la creación hasta la Pascua, Dios se ha ido revelando como un Dios cercano que busca a su pueblo y lo conduce hacia la plenitud de la vida. Con la resurrección de Jesús se inaugura un tiempo nuevo para la humanidad: el Señor vence al pecado y a la muerte, y abre un camino de esperanza para todos.
Sin embargo —señaló Mons. Martín— la fe en la resurrección no puede quedarse solo en una afirmación teórica. La pregunta que cada cristiano debe hacerse es qué cambia concretamente en su vida saber que Cristo ha resucitado. Creer en la resurrección significa descubrir que la vida tiene sentido, que el bien tiene más fuerza que el mal y que la muerte no tiene la última palabra. Esta certeza transforma la manera de vivir y de mirar el mundo.
El administrador apostólico de la Diócesis explicó que los cristianos están llamados a vivir desde ahora como resucitados, incorporando en su vida una dinámica pascual: pasar continuamente de la muerte a la vida, de la esclavitud a la libertad. Ese camino implica reconocer aquello que oscurece el corazón y dejar que la fuerza del Resucitado renueve la propia existencia. La Pascua, entonces, no es solo el recuerdo de un acontecimiento del pasado, sino una vida nueva que comienza a desplegarse en el presente.
Comunidades abiertas
Desde esta perspectiva, Mons. Martín subrayó que una comunidad que vive la Pascua auténticamente no puede cerrarse sobre sí misma. La vida nueva recibida de Cristo impulsa a abrir las puertas y el corazón para recibir a otros. Quien ha experimentado el amor de Dios está llamado a compartirlo y a invitar a nuevos hermanos a caminar en la fe.
Por eso, destacó que la Iglesia crece cuando sus miembros viven con espíritu de acogida, capaces de acompañar a quienes se acercan, de integrar a quienes buscan y de abrir espacios donde todos puedan experimentar la misericordia de Dios. La Pascua —afirmó— es siempre una invitación a ampliar la comunidad, porque la vida nueva que Cristo ofrece está destinada a todos.
Las promesas bautismales renovadas
En este contexto, el obispo recordó el significado del bautismo como signo de esta vida nueva. En el bautismo el creyente participa en la muerte y resurrección de Cristo: muere al pecado y resucita a una existencia renovada. Por eso la renovación de las promesas bautismales es también un compromiso a vivir como discípulos que anuncian con su vida la alegría de la Pascua.
La celebración reunió a delegaciones de toda la diócesis en un clima de comunión y alegría pascual, recordando que la Iglesia está llamada a ser una comunidad viva, abierta y acogedora, donde cada persona pueda encontrar el camino hacia la vida nueva que brota de Cristo resucitado.
